Los Austrias menores


LOS AUSTRIAS MENORES: FELIPE III, FELIPE IV Y CARLOS II


Si Carlos I y Felipe II se ocuparon personalmente de los asuntos de Estado y del fortalecimiento de su autoridad, los monarcas del siglo XVII -Felipe III, Felipe IV y Carlos II- delegaron sus funciones de gobierno en manos de validos (personas que gobernaban en nombre del rey por deseo de éste) que encaminaron la monarquía hacia una pérdida de poder y un desprestigio creciente.
En política exterior, el siglo XVI supuso el momento de máximo poder y hegemonía mundial; sin embargo, en el siglo XVII, tras la Guerra de los Treinta Años, España quedó relegada a un segundo plano internacional. A la crisis política se le añadió una profunda depresión económica y un notable descenso demográfico hasta 1680, fecha en la que comienzan a aparecer síntomas de recuperación.
Sólo en el plano cultural, la España del Barroco mantuvo y aumentó el nivel alcanzado durante el siglo XVI, lo que ha justificado la denominación de Siglo de Oro de las artes y las letras para la mayor parte de los siglos XVI y XVII.

FELIPE III. 1598 ‑ 1621

POLÍTICA EXTERIOR

En el plano internacional, la política de Felipe III ha sido calificada como pactista en comparación con la actividad bélica de su padre, debido sobre todo a la muerte de Isabel I de Inglaterra y a la ruina financiera de la Corona. Felipe III firmó una serie de tratados de paz con Francia, Inglaterra y Holanda, que además de ser costosas resultaron poco efectivas:

Paz con Francia


Se firmó un acuerdo de paz en 1598, pero seguiría la guerra subterránea de Francia: apoyando a los holandeses y dificultando las comunicaciones hispanas entre Flandes e Italia.

La paz con Inglaterra


La Paz de Londres de 1604 puso término a una guerra concebida para evitar el apoyo inglés a los rebeldes holandeses, y que se había extendido a lo largo de veinte años.
El fracaso de una expedición española a las costas irlandesas en 1603 y la llegada al trono inglés ese mismo año del rey Jacobo I, tras la muerte de la reina Isabel, propició el fin de las hostilidades. Las negociaciones supusieron la concesión de facilidades al comercio inglés, a cambio de que cortara el suministro de armas a los holandeses y se suspendieran las actividades de los piratas en el Atlántico.

La Tregua de los Doce Años (1609-1621) con Holanda

Los holandeses se negaron a reconocer la soberanía del rey, quien envió los tercios españoles (cuerpos especializados de infantería, artillería y caballería) al frente de Ambrosio Spínola, que tomaron la ciudad de Ostende. En respuesta, los holandeses destruyeron una flota española en Cádiz. La ruina financiera de la Corona (nueva quiebra o suspensión temporal de pagos a los acreedores en 1607, incluyendo al ejército), los intereses pacifistas de los burgueses holandeses y el cansancio de ambas partes obligó a firmar la Tregua de los Doce Años. Significaba el reconocimiento de hecho, pues no se aceptó formalmente, de la independencia de Holanda, pues el gobierno español no tenía intención de retirarse de Flandes y en 1616, ante la evidencia de que los regentes no tendrían descendencia, Felipe III se hizo jurar fidelidad. Finalmente la tregua no fue renovada en 1621, por considerar que beneficiaba claramente a Holanda: en ese período estuvo acosando económicamente a España constantemente (en Europa y las colonias).

POLÍTICA INTERIOR

S La forma de gobierno y la concepción del Estado seguida por los Austrias Menores en el siglo XVII: Los validos


La monarquía hispánica[[#_ftn1|[1]]] de los siglos XVI y XVII estuvo constituida por una serie de territorios muy diversos y, algunos con bastante autonomía, pues conservaron sus propias leyes e instituciones. Dentro de esa panorámica, el reino de Castilla era el más poderoso en población, riqueza y a la par el que permitía ejercer un gobierno absoluto, porque sus Cortes apenas tenían atribuciones. Además, sus súbditos eran los más fieles seguidores del rey.
En esas condiciones, podía decirse que la monarquía de los Austrias era multinacional, descentralizada –federal- y bajo el dominio de la Corona de Castilla. Su existencia se prolongó desde el comienzo del reinado de Carlos I en 1516 hasta el final del reinado de Carlos II en 1700. Para regirla se desarrolló un sistema llamado polisinodial consistente en un gobierno mediante sínodos o consejos. Los RR. CC. ya habían creado algunos Consejos (Real, que se transformó en el de Castilla; Inquisición, de Órdenes Militares y de Aragón), pero fue Carlos I quien desarrolló el nuevo sistema y su hijo, Felipe II, lo completó. Pretendían atender específicamente cada asunto del reinado. La estructura fue la siguiente:

1. Administración Central:

a) Consejo de Estado: Instituido por Carlos I y formado por personalidades de los distintos reinos, representaba el principio de unidad monárquica, no en vano estaba presidido por el rey. La casuística de sus asuntos era de relevancia, caso de la política exterior, la guerra y la paz.
b) Consejos territoriales: Afrontaban los temas específicos de cada territorio y simbolizaban la diversidad de la monarquía. El primer consejo fue el de Aragón, creado por Fernando el Católico, y más adelante surgieron los de Indias, Italia, Flandes y Portugal (con Felipe II). El de Castilla, antes Real, tuvo mayor importancia que el resto por ser el del reino más fuerte. Sus competencias llegaron a asuntos económicos, religiosos, culturales y de justicia, como Tribunal Supremo, por encima de la Chancillerías.
c) Consejos técnicos: Atendían a funciones concretas de especial atención, como Órdenes Militares, Hacienda, Guerra o Inquisición.
Generalmente, la función de estos consejos tenía una doble vertiente, presentar unos informes -consultas- al rey para que tomara decisiones, o solucionar los asuntos de su jurisdicción en nombre del monarca.
En este entramado administrativo tomaron gran importancia los secretarios de los consejos, que hacían de enlace entre el rey y el consejo al que correspondían. El cargo de secretario del rey lo era también del Consejo de Estado.
EL Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV, intentó que todos los territorios de España contribuyeran por igual en los gastos del ejército –Unión de Armas-, pero ya veremos cómo este intento fracasó. Y produjo la rebelión de Cataluña y la independencia de Portugal, todo ello en 1640.

2. Administración territorial:

Cada reino o gran territorio de la Monarquía Hispana tenía una cierta autonomía. En ellos se mantenían una serie de instituciones propias que las diferenciaban, pero ello no quitaba que hubiese otras similares. Entre éstas últimas estaban:
a) Virreyes: Sustituían al rey, por eso asumían sus mismas funciones en las tierras no castellanas: Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, Las Indias, Sicilia, Mallorca, Cerdeña y Nápoles.
b) Cortes: Con igual conformación y funcionamiento que en la Edad Media, tuvieron matices distintos según el lugar. Así, las de Navarra y Aragón fueron más reivindicativas que las de Castilla por su carácter pactista. En las castellanas dejó de convocarse a los estamentos privilegiados, pues la mayor parte de sus convocatorias atendían a temas de impuestos, que sólo pagaba el estado llano.
Los Austrias no las modificaron y siguieron separadas en cada reino. Sus atribuciones principales fueron acoger el juramento de los reyes y herederos y conceder tributos de carácter nuevo. Generalmente, los reyes presionaban a los procuradores para que estos autorizasen las imposiciones; no obstante, decretaban algunas disposiciones sin contar con ellos, eran las llamadas regalías, afectas a derechos aduaneros, venta de cargos y de oficios y el acuñado de moneda.
Las Cortes representaban más a las oligarquías urbanas que al pueblo. Realmente, estos oligarcas consideraban su derecho de representación como un privilegio que no estaban dispuestos a compartir con otras ciudades.
En Aragón apenas variaron sus Cortes y siguieron conservando cada reino las suyas propia; por tanto, tuvieron distinta trayectoria que las castellanas y una evolución diferente, porque fueron más independientes.
c) Audiencias: realizaron funciones de tribunales superiores de justicia en la zona que les correspondía. Además de las creadas por los RR. CC. se añaden las de Cerdeña, Canarias y Mallorca. También, con Felipe II, se traslada la de Santiago a La Coruña.

3. Administración local:

En tierras castellanas los limitados rasgos democráticos fueron desapareciendo no sólo por el dominio de las élites de poder, sino por la venta de cargos municipales que llegan a tener carácter vitalicio e, incluso, hereditario por el afán recaudador de los reyes. En esa línea de recaudar, se vendieron privilegios de villazgo, que aprovechan muchas aldeas o lugares para adquirir más independencia y no estar sujetos a otra localidad.
La estructura básica municipal estaba sujeta al carácter de la población, de realengo, de señorío o de órdenes militares. En todas había alcalde y en las de mayor entidad existía un corregidor y unos regidores. En las del reino de Aragón no hubo cambios grandes a excepción de uno que le confería diferencia de Castilla, la insaculación o sorteo de los cargos, que evitaba las luchas por el poder.

Los validos

Felipe III inauguró la corriente política de delegar el ejercicio del poder en manos de un hombre de confianza, un valido o favorito, con el que el rey mantenía una estrecha relación de amistad, al conceder el control de la política al duque de Lerma. El valido carecía de cargo oficial, pero en la práctica actuaba como un auténtico primer ministro y concentraba en sus manos los principales mecanismos del poder político del Estado.
La aparición de la figura del valido no se debió sólo al desinterés por el poder ni a la debilidad del carácter de los últimos Austrias, sino que intervinieron otros factores: como la creciente complejidad de las tareas del gobierno y la complicada maquinaria administrativa que hacía imposible que el monarca se ocupara personalmente de todos los asuntos. El valimiento fue frecuente en casi toda la Europa de la época, si bien la expresión ha sido aplicada casi en exclusiva al caso español por los historiadores de la Edad Moderna.
El duque de Lerma[[#_ftn2|[2]]] aprovechó su posición para retirar a todas las personalidades relevantes y colocar a sus parientes y amigos en los principales cargos. Además, trasladó temporalmente la capital del reino de Madrid a Valladolid en 1600, donde permaneció seis años, hasta que retornó a Madrid tras el ofrecimiento de una importante suma de dinero por parte de su ayuntamiento.
La oposición al valido y a su abuso de poder llevaron a Felipe III, en 1618, a prescindir de Lerma y sustituirlo por su hijo, el duque de Uceda, aunque con poderes mucho más recortados.
Bajo Felipe IV hay que citar al Conde Duque de Olivares, Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, y su sobrino Haro después.
Con Carlos II, sus favoritos no tuvieron el poder de sus antecesores, y, de hecho, no suelen ser considerados validos.
El régimen político de la Monarquía Hispánica quedó de alguna manera desvirtuado, dado que el complejo sistema de clientelas del valimiento se superpuso en buena media al sistema de consejos.

La expulsión de los moriscos: Origen del problema y consecuencias


Con los RR.CC., tras la toma de Granada, fueron bautizados a la fuerza.
En 1568, durante el reinado de Felipe II, tuvo lugar la Rebelión de las Alpujarras, con el resultado de la dispersión de los moriscos granadinos. El problema se extendió a otras regiones de España. Aumentó la intolerancia hacia la minoría morisca. Pese a las conversiones forzadas, seguían con sus costumbres y religión islámicas.
La expulsión, por tanto, aseguraba la unidad religiosa.
Existía, por otra parte, el temor a que ayudaran a los enemigos de España: piratas turcos, bereberes, e incluso a franceses.
Su aumento demográfico estaba siendo mayor que el de los cristianos viejos, existiendo el peligro de que en ciertas regiones se convirtieran en dominantes.
En 1609, durante el reinado de Felipe III, se decretó en España la expulsión de los moriscos de los reinos de Aragón y Valencia, así como de la Corona de Castilla, acusados de seguir practicando la religión musulmana a pesar de su forzada conversión, y de colaborar con los piratas turcos y bereberes en el Mediterráneo. Pero también podría radicar en el deseo de la monarquía de demostrar su fuerza en el interior, para compensar la imagen de la inactiva política pactista exterior. Hay que citar también el odio popular contra ellos. Se comenzó con los de Valencia, que se sublevaron y se les reprimió con dureza, después con los de Murcia y Andalucía, más tarde los aragoneses.
Las consecuencias fueron nefastas, sobre todo para Aragón. 300.000 moriscos abandonaron la Península, provocando una pérdida cuantitativa y cualitativa, al constituir una comunidad activa de campesinos y artesanos.
La medida se enmarca en la línea de unificación religiosa y política comenzada por los Reyes Católicos.
En Extremadura destaca el caso de Hornachos, en cuya zona quedan rastros artísticos de su influencia.

FELIPE IV (1621-1665)

Felipe IV fue un monarca muy preocupado por la cultura, que ejerció una importante labor de mecenazgo. Entregó el poder a su valido, Gaspar de Guzmán y Pimentel, que tenía los títulos de Conde de Olivares y duque de Sanlúcar la Mayor, cuyo programa político combinó la recuperación del prestigio de la monarquía hispánica con la reforma interior.

POLÍTICA EXTERIOR


La Guerra de los Treinta Años

La política exterior de Felipe IV tiene como escenario principal la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). El objetivo español era recuperar el poderío en Europa, lo que provocó el enfrentamiento con otras potencias como Francia, Holanda, Inglaterra y Suecia.
Esa guerra comienza como un conflicto alemán y religioso: los príncipes protestantes de Alemania se habían rebelado contra el emperador Fernando II, católico intransigente, de la dinastía de los Habsburgo. Pero ese conflicto local acabó siendo general, porque las naciones europeas se alinearon con uno u otro bando, buscando la hegemonía política.
La monarquía hispánica se implicó en la guerra por dos motivos: la defensa de la religión católica y el mantenimiento de la hegemonía de la casa de los Habsburgo a través de sus dos líneas emparentadas (la española y la austriaca). Pero tuvo que luchar en demasiados frentes de batalla, hasta con Dinamarca y Suecia.
Debido a la Guerra de los Treinta Años se reanuda en 1621 el conflicto con Holanda. Animados por las victorias militares conseguidas en los primeros momentos de ese conflicto, los españoles inician una pugna por frenar el crecimiento económico y marítimo holandés, potenciado durante la Tregua de los Doce Años.
En una primera fase, la guerra fue terrestre con grandes éxitos de los tercios españoles, dirigidos por Ambrosio Spínola, quien tomó la ciudad de Breda en 1625[[#_ftn3|[3]]]. La segunda fase tuvo un carácter naval y comercial, en un intento por quebrar el poderío marítimo holandés.
En 1635, Luis XIII de Francia declara la guerra a España y manifiesta su apoyo a Holanda, basándose en la política agresiva española en Europa, que hace peligrar su integridad territorial. Aunque las primeras campañas resultaron favorables a los españoles, finalmente el esfuerzo resultó excesivo para las posibilidades de la monarquía española, y la derrota de Rocroi (1643) acabó con la fama de invencibles que tenían los tercios españoles.
Todo ello obligó a la firma de la Paz de Westfalia en 1648, por la que se reconocía la independencia de Holanda y se certificaba la pérdida de la hegemonía española en Europa.
La lucha contra Francia se prolongó algunos años más, pues Inglaterra apoyó a los galos. Hasta que se firma la Paz de los Pirineos en 1659, que sancionó el predominio de Francia en Europa, de Inglaterra y Holanda en el mar, y supuso la cesión española a Francia del Rosellón y la Cerdaña.

POLÍTICA INTERIOR

TS La política interior del Conde-Duque y sus repercusiones en la Península


A nivel interno, el Conde-Duque emprendió un programa de reformas económicas, administrativas y políticas que tuvieron un resultado desigual. La idea principal era reforzar la autoridad real y alcanzar la unidad entre los distintos reinos, para la unificación de España.
Olivares expresó lo esencial de su política reformista en el Gran Memorial o Secreto de 1625 dirigido a Felipe IV, quien debería convertirse en rey de España y no de una suma de reinos. El Memorial proponía una mayor uniformidad en la legislación y la contribución a las cargas de la monarquía por parte de todos los reinos. Su esfuerzo se tradujo, sobre todo, en un incremento de la presión fiscal y en la formación de un ejército permanente.

Las reformas administrativas y económicas

Olivares planteó, a través de la Junta Grande de Reformación, estas propuestas:
Reducción de oficios y empleos cortesanos, para recortar los excesivos gastos de la Corte.
Protección de tipo mercantilista de las actividades artesanales y de comercio nacionales, para lo que se hacen obras para hacer navegables los principales ríos (como el Tajo) y la supresión de aduanas.
Creación de una red nacional de bancos que liberase a la Corona de su dependencia de la banca extranjera. Los erarios actuarían como bancos concediendo préstamos a la Corona, que obtendría la ayuda de sus súbditos a través de sus depósitos en dinero.
Medidas para aumentar la población, como las exenciones fiscales a los matrimonios jóvenes y con gran número de hijos.
Las resistencias a estas nuevas reformas fueron múltiples en toda la monarquía. Hubo motines contra la nueva fiscalidad y las Cortes se negaron a aprobar la propuesta de creación de los erarios y la introducción de un sistema tributario nuevo y unitario.

La Unión de Armas

El Proyecto de la Unión de Armas de 1626 pretendía crear un ejército permanente con hombres reclutados y pagados por todos los reinos de la monarquía, en proporción a su riqueza y población. Olivares quería igualar a todos los reinos en los esfuerzos bélicos en un proyecto no sólo con tintes militares, sino también políticos y económicos. Los objetivos pretendidos eran:
- Crear un eficaz y poderoso ejército.
- Distribuir el coste de la guerra entre todos los reinos, aliviando las cargas de Castilla.
- Establecer lazos de solidaridad entre los súbditos por medio de la colaboración en el ejército.
Pero la Unión de Armas fracasó por la oposición de las Cortes de la Corona de Aragón (sobre todo por Cataluña), que recelaban de una monarquía a la que consideraban ajena y poco respetuosa con sus leyes. Desembocará en las revueltas catalanas de 1640 y la independencia de Portugal.

La rebelión de Cataluña


El conflicto estalló en el contexto de la guerra contra Francia, reanudada en 1635, por varias causas: Unión de Armas, los desmanes cometidos en el frente por parte de los soldados castellanos e italianos sobre la población catalana y la paralización del comercio. Hubo enfrentamientos entre soldados y campesinos, extendiéndose la rebelión a la ciudad de Barcelona donde un grupo de rebeldes, mezclados con segadores[[#_ftn4|[4]]], iniciaron un motín y asesinaron al virrey Santa Coloma en 1640 en la festividad del Corpus (Corpus de Sangre). En el fondo, se trataba de una revuelta anticentralista que obligó a los catalanes a solicitar ayuda militar del rey francés, Luis XIII, al que nombraron Conde de Barcelona.
El enfrentamiento bélico con la monarquía española finalizó en 1652, cuando los catalanes, ante la crisis económica y la opresión francesa, se rindieron a las tropas de D. Juan José de Austria (hijo natural de Felipe IV) con la condición de que se respetaran sus antiguos fueros.

La rebelión e independencia de Portugal

En 1640 comienza un movimiento separatista en Portugal, que consideraba más inconvenientes que ventajas su unión con España: la citada Unión de Armas, nuevos impuestos y el retroceso del comercio portugués. Los enemigos españoles eran ahora los enemigos portugueses, y España era incapaz de garantizarles una defensa adecuada.
La rebelión portuguesa tuvo un marcado carácter nobiliario, anticastellano e independentista que condujo a la proclamación del Duque de Braganza como rey de Portugal con el nombre de Juan IV. Felipe IV y Olivares, incapaces de atender dos frentes (Cataluña y Portugal), optaron por concentrar los esfuerzos en el territorio catalán, pensando que el aislamiento geográfico facilitaría la recuperación de Portugal. Pero la monarquía portuguesa se consolidó con la ayuda de Francia e Inglaterra. España tuvo que reconocer su independencia en 1668, bajo el reinado de Carlos II.
Las principales repercusiones para Extremadura de las guerras por la independencia de Portugal fueron, además de la pérdida de habitantes y los saqueos, la desaparición de las relaciones económicas con el reino vecino y la acentuación de su carácter fronterizo y marginal, alejado de los principales centros económicos peninsulares.
Las ciudades extremeñas celebraron varias juntas en 1647, con el fin de buscar soluciones a la situación originada por esta guerra en su territorio. En dichas juntas se gestaba la idea de comprar un voto en las cortes castellanas, con el fin de exponer sus problemas.
La Corona de Castilla tenía 18 provincias agrupadas en torno a las 18 ciudades con voto en Cortes. Entre ellas no figuraba ninguna ciudad extremeña, por lo que la mayor parte de sus tierras estaban integradas en la provincia de Salamanca. La iniciativa partió de Plasencia, que ofreció compartir la compra del voto con otras cinco ciudades (Badajoz, Trujillo, Mérida, Llerena y Jerez) y las villas de Cáceres y Alcántara. Extremadura adquirió colectivamente en 1651 un voto en Cortes, dando lugar a la creación del distrito territorial o Provincia de Extremadura, que se separó de Salamanca. Sin embargo, este voto no se haría efectivo hasta 1655, fecha en la que quedó articulada la administración provincial extremeña.
Hubo también rebeliones en Andalucía, donde el marqués de Medinasidonia pretendió proclamarse rey, y en Nápoles y Sicilia, donde hubo revueltas producidas por la carestía de la vida y el hambre. Hay un enfrentamiento contra los barones, que ejercían una presión feudal. Nápoles fue declarada República independiente por Masianello, pero Don Juan José de Austria puso fin a estas revueltas.

La crisis de 1640. La caída de Olivares


La Guerra de los Treinta Años creó una serie de necesidades financieras a la Corona de Felipe IV que obligaron a aplazar las reformas y a recurrir a todo tipo de medidas de urgencia que aún agravaron más la crisis social y económica, sobre todo de Castilla: se crearon nuevos impuestos y se vendieron cargos públicos y tierras de realengo. Todo ello se traduce en una oposición a la política de Olivares por distintas razones:
- Los reinos periféricos (Portugal y Aragón) rechazaban las pretensiones unitarias y centralistas.
- La alta nobleza se quejaba de su escaso protagonismo frente al autoritarismo del valido.
- Las clases populares denunciaban su agotamiento económico y la presión fiscal sufrida.
Los conflictos y protestas fueron constantes, con continuas rebeliones, entre las que destacan los movimientos independentistas de Portugal y Cataluña en 1640. Finalmente, Olivares cayó en 1643, cuando Felipe IV lo apartó de la política. Pero este hecho no fue suficiente para restablecer la paz social en la Monarquía Hispánica.

El texto 7 es el Gran Memorial de 1624 y no la Unión de Armas –como reza en los papeles oficiales de Selectividad, que están equivocados- de 1625-26. El proyecto original está fechado en 1625, y se convirtió en ley en 1626.


DOCUMENTO 7

EL GRAN MEMORIAL DE 1624. OLIVARES Y LA UNIFICACIÓN DE ESPAÑA


. . . Tenga V. M. por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de Espa­ña; quiero decir, Señor, que no se contente V. M. con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona sino que trabaje y piense con consejo mudado y secreto, por reducir estos reinos de que se compone España, al estilo y leyes de Castilla sin ninguna dife­rencia, que si V. M. lo alcanza será el Príncipe más poderoso del mundo.
(...)
. . . conociendo que la división presente de leyes y fueros enflaquece su poder y le estorba conseguir fin tan justo y glorioso, y tan al servicio de nuestro señor / extender la Religión Cristiana /, y conociendo que los fueros y prerrogativas particulares que no tocan en el pun­to de la justicia ( que ésa en todas partes es una y se ha de guardar ) reciben alteración por la diversidad de los tiempos y por mayores conveniencias se alteran cada día y los mismos na­turales lo pueden hacer en sus Cortes, (...) se procure el remedio por los caminos que se pueda, honestando los pretextos por excusar el escándalo, aunque en negocio tan grande se pudiera atropellar por este inconveniente, asegurando e! principal (...).
Tres son. Señor, los caminos que a V. M. le pueden ofrecer la ocasión (...)
El primero. Señor, y el más dificultoso de conseguir (pero el mejor pudiendo ser) sería que V. M. favoreciese los de aquel reino, introduciéndolos en Castilla, casándolos en ella. Y los de acá, allá y con beneficios y blandura, los viniese a facilitar de tal modo, que viéndose casi naturalizados acá con esta mezcla, por la admisión a los oficios y dignidades de Castilla, se olvidasen los corazones de manera de aquellos privilegios que, por entrar a gozar de los de este reino igualmente, se pudiese disponer con negociación esta unión tan conveniente y ne­cesaria.
El segundo sería, si hallándose V. M. con alguna gruesa armada y gente desocupada, introdujese el tratar de estas materias por vía de negociación, dándose la mano aquel poder con la inteligencia y procurando que, obrando mucho la fuerza, se desconozca lo mas que se pudie­re, disponiendo como sucedido acaso, lo que tocare a las armas y al poder.
El tercer camino, aunque no con medio tan justificado, pero el más eficaz, sería hallándo­se V. M. con esta fuerza que dije, ir en persona como a visitar aquel reino donde se hubiere de hacer el efecto, y hacer que se ocasione algún tumulto popular grande y con este pretexto meter la gente, y en ocasión de sosiego general y prevención de adelante, como por nueva conquista asentar y disponer las leyes en conformidad con las de Castilla y de esta misma manera irla ejecutando con los otros reinos.
(...)
El mayor negocio de esta monarquía, a mi ver, es el que he representado a V. M. y en qué debe V. M. estar con suma atención, sin dar a entender el fin, procurando encaminar el suce­so por los medios apuntados.
25-11-1624
CARLOS II (1665-1700)
Política interior

En 1665 hereda la corona con cuatro años. Su madre, doña Mariana, será la regente y tomará como validos, sucesivamente al padre Nithar y a Fernando de Valenzuela. Don Juan José de Austria dio un golpe de estado y ocupó el poder de 1677 hasta su muerte en 1679. Los sucesivos validos fueron el duque de Medinacelli, el conde de Oropesa y Portocarrero (regente, no valido, pero viene a ser lo mismo en la práctica).
Hay una incapacidad mental y física del rey, una decadencia total biológica que coincide con la decadencia total de España.
Frente al centralismo del monarca anterior, se puede hablar de un neoforalismo: reafirmación de los fueros y libertades frente a Castilla. A finales del XVII hubo una especie de resurgir de los reinos periféricos españoles (Cataluña, País Vasco, Valencia, Aragón) a todos los niveles, frente al cansancio, agotamiento y decadencia de Castilla. La periferia hispana quería acentuar la descentralización.
Precisamente, estos reinos periféricos -Corona de Aragón- en la Guerra de Sucesión al trono español (1700-1713) apoyarán al Archiduque Carlos de Austria frente a Felipe V de Borbón. El Archiduque de Austria era partidario de un federalismo continuador del de los RR.CC. donde tuviesen cabida los fueros y libertades regionales.
En 1700 muere Carlos II y se produce la Guerra de Sucesión por el trono español. Dos pretendientes: el Archiduque Carlos de Austria y Felipe d´Anjou, Borbón, nieto de Luis XIV de Francia.
El cambio de dinastía en España implicará la crisis definitiva del federalismo inaugurado por los RR.CC. Felipe V abolirá los fueros de Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares con los Decretos de Nueva Planta.

Política exterior


Ante la pérdida de la hegemonía española en Europa, en 1668 se reconoce la independencia de Portugal[[#_ftn5|[5]]] y España se ve envuelta en la política agresiva y expansionista de la Francia de Luis XIV, que le declara la guerra. En 1668 se firma la Paz de Aquisgrán con la entrega a Francia de la ciudad de Lille y en 1678, la Paz de Nimega, por la que España entregó a Francia el Franco Condado.



[[#_ftnref1|[1]]]También llamada Monarquía de los Austrias – por ser éste el nombre con el que se conoce también a los Habsburgo españoles- Católica, Castellana y de España o Española.
[[#_ftnref2|[2]]] Pueblo de Burgos de donde toma el nombre este título nobiliario.
[[#_ftnref3|[3]]] El final de esta batalla fue inmortalizado por Velázquez en el célebre cuadro titulado “La rendición de Breda”, conocido también como “Las Lanzas”.
[[#_ftnref4|[4]]] Así se llama el himno catalán, Els segadors
[[#_ftnref5|[5]]] Portugal se había independizado en 1640, en tiempos de Felipe IV, pero hasta 1668 España no reconoció su independencia.


Descargar en pdf


Descagar tema en PDF:



Conceptos de selectividad relacionados con el tema



Volver a Historia de España de 2º de Bachillerato